La historia de un gran atlético


Quiero dedicar este rincón de mi blog a un gran atlético, una persona que me deleita con cada una de sus entretenidas y apasionantes narraciones, metiéndome de lleno en increíbles recuerdos de tiempos pasados. Aquí van algunas de las respuestas a mis preguntas que me ha dado Don Julio.


Don Julio


-¿Cual es la mayor locura que hiciste por el Atleti?


 Esa pregunta es fácil de responder. En mi infancia, con el desconocimiento de mis padres y la temeridad que dan los pocos años, acompañado por otros arrapiezos del barrio, tan atletistas como yo, recogíamos metralla de los aledaños de la Universitaria, escenario aún reciente de la guerra civil. Tuve la suerte de no tropezar con ningún proyectil sin explosionar(se suele decir explotar, pero yo serví en la mili en artillería, y se que ésta es la palabra correcta, al igual que cuando se confunde la palabra obús, que es una pieza de artillería, con el proyectil que lanza).Volviendo al tema entre los chicos del barrio hubo dos muertos por golpear una granada contra una piedra, y otro chico que buscaba también metralla como nosotros sufrió la amputación de una mano en circunstancias similares. La metralla que después vendíamos en una chatarrería, junto con papel y recortes de tejidos de la sastrería de mi padre, que vendíamos en la trapería de la calle del Pez, casi esquina a Pizarro, servía para pagarnos las entradas infantiles de general, a las que accedíamos de la mano de alguna buena alma que se prestaba a pasarnos como si fuéramos de su familia,(para entrar había que ser acompañado por un adulto),con la aquiescencia de los porteros, que ya nos conocían y hacían "la vista gorda", eso si, diciendo con aire de complicidad."Anda que no tienes tíos, chaval". A veces no nos llegaba para todas las entradas lo que sacábamos del "kilillo". Entonces recurríamos a otro riesgo inferior. Trepar por las escaleras de un edificio en ruinas contiguo al Metropolitano, creo recordar que era un cuartel de Ingenieros, y subirnos al tejado, desde el cual, más mal que bien se divisaba la mitad del terreno de juego. Espero haber satisfecho tu curiosidad, y en pago a ello, te pido que no hagas nunca lo que yo hice, por el bien de tu integridad física, y sobre todo que me trates de tu, como hacen todos mis amigos.¡¡Un abrazo!!


-¿Por qué te hiciste hincha del Atlético?



Jamás me hice esa pregunta, porque nací con las rayas puestas. Mi abuelo Julio, era uno de esos señores con sombrero hongo y capa que en compañía de otros personajes tan excéntricos como él, solían acudir a campo del New Futbol Club, situado junto a las tapias del Retiro, próximo a la Ronda de Vicálvaro, para ver jugar a un equipo vestido de blanco y azul, mitad por mitad que respondía al nombre de Athletic Club, y que era sucursal del de Bilbao. Cuando llovía, medio protegido por un paraguas, aguantaba las inclemencias del tiempo con otros tres o cuatro aficionados al "football", a pesar de que por la situación del terreno que solía inundarse, se formaba un barrizal que le dejaba los botines hechos un Cristo, con gran desesperación de mi abuela Pura, que no comprendía cómo podía empaparse de esa forma por ver a unos locos en calzoncillos corriendo detrás de una pelota. La historia de sus andanzas era una de mis favoritas en aquellos tiempos de las postguerra, en que carentes de televisión y escasos de radio por las restricciones de electricidad, la tradición oral era la mejor manera de pasar las largas veladas nocturnas medio calentándonos junto al brasero. Cuando fuí un poco mayor solía llevarme de paseo al Retiro, y me enseñaba los lugares en los que se había forjado su afición por el Atleti, ilustrados con anécdotas que yo escuchaba embobado, unas sobre los jugadores de su época,(de los que recuerdo los nombres de Acha, Elósegui, o Moreno, hermano del que fuera más tarde internacional Pichichi, uno de los héroes de Amberes, que dió nombre al trofeo de máximo goleador, y del que he escrito algo en otro relato)y otras sobre sus hazañas como jugador del juego de "la rana", en las que solía derrotar a sus amigos colocando con una puntería extraordinaria los "tejos" en los "changarros","el molinillo" o la boca abierta de la "rana" y ganándoles así las consumiciones en el merendero contiguo al campo. Triunfos celebrados más por regodeo que por el importe de las consumiciones que hoy nos parecería ridículo. La continuidad me la ofreció mi padre, también Julio, como mi hijo y mi nieto mayor, y también atletistas todos ellos,(¡Pues no faltaba más!),de quien seguí escuchando la historia del Atleti, vivida por él, de la mano de mi abuelo y luego de mayor iniciándome en el amor a las rayas rojiblancas. A través de sus historias conocí a Monchín Triana, a Pololo, Olaso y Fajardo, nuestros tres primeros internacionales, y a Gaspar Rubio, un "mago del balón "según mi padre, capaz de regatear a su propia sombra en un palmo de terreno. Con sus relatos viví los partidos en el Campo de O'Donell, ya vallado y sobre todo la inauguración del Metropolitano, hecho para que jugaran en él los equipos madrileños. Como siempre el Mandril quiso ser el único en jugar allí, y como no se consintió en dejarle "solito al nene", se cabrearon y renunciaron a jugar en él (lo que me alegra sobremanera ya que así se evitó convertirlo en una cochiquera).Uno de los relatos que le hice repetir hasta aprendérmelo de memoria fue el encuentro que celebró allí la Selección Española contra Inglaterra, a la que vencimos en un partido memorable que constituyó su primera derrota en el continente. Con esos antecedentes y los que fui viviendo en una infancia bastante dura por mor de las circunstancias económicas de aquel tiempo, no te extrañará que haya sabido desde siempre porqué soy del Atleti, y que a pesar de la gentuza que hoy malgestiona este emblema del futbol español, moriré como nací, con las rayas rojiblancas puestas.


-Un repaso al futbol de antaño



 
Cuando a veces oigo a los jugadores quejarse de cansancio, recuerdo los comienzos de mis contactos con el balón, allá por el final de los años 40 del pasado siglo (¡¡Que viejo soy!!).En aquella época, escaseaban y mucho los lugares en que podía disputarse un partido de futbol en condiciones medianamente aceptables. Eran muy pocos los colegios que disponían de instalaciones deportivas. El mío situado en los aledaños de la Puerta del Sol, tenía solamente una sala de unos 36 metros cuadrados destinada a gimnasio, que por no se qué ocultas razones permanecía cerrada para todos. Toda su "maquinaria" se reducía a un plinto, un potro, una cuerda de nudos colgada del techo y unas espalderas que amenazaban con quebrarse de un momento a otro. El baloncesto era solo algo al alcance de los Colegios de postín y qué decir de los campos de futbol. Nosotros suplíamos estas carencias en las cercanías del Colegio, frente al teatro Albéniz jugando partidos de 20 contra 20 o tal vez algunos más con una pelota de papel, de cuya confección solía encargarme yo aprovechando páginas arrancadas del cuaderno" de sucio"(había dos, éste que era el borrador y otro en el que pasábamos "a limpio" las lecciones, que nos servía para repasar).El partido solía terminar con la llegada del Servicio de limpieza del Ayuntamiento, representada por uno o dos barrenderos armados de escoba y cepillo, y muy mal encarados que nos perseguían con saña en venganza de los despojos que íbamos dejando según se rompía la pelota. Por suerte nuestros pocos años, nuestra ejercitada velocidad en tales momentos y el "queo" de nuestros vigilantes apostados en las esquinas de la calle solía librarnos de coscorrones y collejas de los enfurecidos funcionarios. Los domingos solíamos madrugar para dirigirnos en informal procesión hasta el Campo de la Hondonada, una planicie bastante amplia, situada en los confines de la Ciudad Universitaria, donde nos reuníamos unos doscientos chavales para jugar durante un tiempo que transcurría entre dos y tres horas a una especie de futbol sin reglas, salvo las de coger el balón, o la pelota con la mano, pero en el que se permitían toda clase de "caricias" siempre que se hicieran con los pies. Como no había arbitros, ni falta que hacía, cuando te daban un toñazo serio, es decir con moratón o sangre, pedías "falta", se te concedía y seguía el juego. Ni que decir tiene que la Hondonada carecía de porterías, por lo que se construían con montones de la ropa que nos quitábamos para jugar, y que solo marcaban la longitud de la portería, medida con los pies. Eso generaba bastantes discusiones sobre si había sido gol o "alto", afortunadamente poco cruentas. En aquel caso de partidos que se jugaban uno junto al otro, sin delimitación de bandas, surgían los que con mejores condiciones venían a engrosar las filas de los equipos modestos de las barriadas. La manera de distinguirse solía ser los de camisa contra los de camiseta con tirantes, o en verano los de camisa o camiseta contra los que no la llevaban. La forma de participar era dirigirte a uno de los que jugaban con el clásico,"¿Juego, chico?" Si no había ya demasiados o caías bien te contestaban "Vale, vas con los de arriba"(o los de abajo) según la pequeña pendiente del terreno. La carencia de fuentes en la zona y las restricciones de agua de la época nos proveían de un característico olor a zorromacho que no se quitaba hasta el regreso a casa. Como quiera que nuestra paupérrima economía no nos permitía acceder al tranvia, y los topes de los mismos solían ir abarrotados ya, muchas veces hacíamos el trayecto hasta nuestras casas en el tren de San Fernando(un ratito a pie y otro andando). Si contamos las distancias entre nuestra casa y el "estadio" de la Hondonada, más las dos o tres horas de juego podéis haceros una idea del desgaste que eso suponía en nuestros cuerpecillos malnutridos y deshidratados por el esfuerzo, y la pasión por el futbol que nos alentaba para seguir jugando domingo tras domingo. Me gustaría poder contagiar de ese "virus" a los profesionales que se quejan de sus viajes en avión o en cómodos autobuses, que cuentan con fabulosos vestuarios, y que tienen a su disposición a un equipo de técnicos que cuidan sus bien alimentados cuerpos. La diferencia es que nosotros no cobrábamos nada, jugábamos con zapatos viejos o alpargatas porque no podíamos exponer a roturas a los de "salir", carecíamos de botines hechos a medida como los de las marcas de ahora, y éramos capaces de dejarnos las piernas por la "negra honrilla" de marcar un gol.


-Los zapatos de los domingos


No nos infectábamos porque estábamos inmunizados contra todo bichejo pernicioso. Solo una vez me atreví a jugar con los zapatos de los domingos (y de ir al cole), porque nos jugábamos la negra honrilla (¡¡casi nada!!) contra los de Calle de la Madera y nos faltaba uno para completar nuestro equipo, y además íbamos perdiendo. El caso es que me pegué la paliza como siempre y acabé con las punteras de los zapatos despellejadas. Para colmo de mis males no había betún negro en casa para disimularlo, así que la bronca se cernía sobre mi cabeza como las moscas se ciernen sobre los árbitros atraídas por su olor. De repente un destello de mi única neurona me sacó del apuro y provisto de un pincel de la caja de acuarelas de mi tío, y un tintero de Pelikan de color negro embadurné la puntera de los zapatos, oculto en el retrete como un malhechor de vía estrecha. Naturalmente sobre la piel despellejada la tintura quedaba en un tono mate que a mi corto entender aún señalaba más los defectos de mi fechoría, así que tirando por la calle de enmedio unté con "Pegamín" la puntera consiguiendo un cierto brillo,y también un efecto pegajoso que atrajo al zapato toda clase de elementos minúsculos esparcidos por el entorno, incluido parte de el papel de periódico que forraba la base del mueble zapatero. Ante tan desastroso efecto decidí dejar a su suerte el destino de mi calzado y cerré la puertecilla del mueble como quien entierra el cadáver de su víctima sabiendo que tarde o temprano algún policía astuto lo descubrirá. Cuando el policía, o mejor dicho, "la" policía, en forma de madre desesperada descubrió "el cadaver", tras un amago de soponcio y a medias recuperada se dirigió al culpable con un hilillo de voz diciendo:"¿Pero qué has hecho con los zapatos, endemoniado?".El endemoniado agachó las orejas hasta dar con ellas en el suelo, y tras recibir la colleja correspondiente, optó por tomar las de Villadiego huyendo sin ningún rubor escaleras abajo, porque en lontanaza, o sea al final del pasillo, ya apreciaba la figura encrespada de su tío Mariano, con un pincel manchado de negro hasta el mango, mascullando una serie de amenazas, mezcladas con improperios y juramentos que por respeto a mis lectores me abstengo de repetir. Aquella fechoría acabó horas más tarde con un culo dolorido por dos azotazos, unas lagrimillas reprimidas, y una promesa que como siempre incumplí, sin que nadie se dignara a denunciar a los autores del infanticidio por maltrato, como era uso y costumbre de la época.

-Contestación a mi post  "Días de Barro" (El futbol en la niñez) :

Mi generación, menos "favorecida" que la tuya, a causa de la postguerra, no disponía de autocar para sus desplazamientos (también más cortos). Nos desplazábamos en tranvía (muy pocas veces), y la mayoría de ellas andando. Mi primer equipo, bautizado como el Iber, por nosotros mismos, y fundado por mi y otros dos chavales del barrio, Mariano "el Bizco" y Guti "el Gafas", vestía unas camisetas desechadas de la ropa útil y teñidas de rojo por nuestras madres, en un puchero con agua y una pastilla de los tintes Iberia (50 céntimos, en la droguería de la Corredera Baja de san Pablo) pantalón corto, de los más usados en la ropa de jugar en la calle, de ahí la variación de colores (Para el colegio y los domingos había una ropa especial) y calzado variopinto, desde alpargatas, los más, a zapatos viejos, y uno solo, el hijo del carnicero, con botas de fútbol  de badanilla forrando cartón piedra. Estas botas las heredé yo, una vez que se partieron por el centro de la suela, y recompuestas con un parche de cuero remachado por el Señor Manolo, el zapatero remendón de la Calle Jesús del Valle, acabaron de existir en un partido memorable, en el antiguo Campo del Productor de la Calle Ríos Rosas, el último que se jugó allí, antes de que demolieran la casucha donde nos vestíamos, para construir una Iglesia. Con tan precario equipo nos enfrentábamos a otros equipos de barrio, sin federar, por supuesto, y hasta llegamos a organizar un campeonato con equipos de la orilla del Manzanares, la Cabecera del Rastro, y los aledaños de la Calle del Pez. Como no podíamos costearnos siempre las 20 o 25 pesetas del alquiler del campo, que pagábamos a medias con el otro equipo, a veces nos enfrentábamos en descampados más o menos llanos, haciendo las porterías con nuestra propia ropa amontonada, y por supuesto sin árbitro. Las escasas faltas se acordaban entre los dos equipos, como en los primeros encuentros en Inglaterra, y rara vez se "pitaban", porque valía casi todo menos morder. Con ese pasatiempo, solíamos matar las  mañanas, en partidos que duraban a veces varias horas (nadie tenía reloj, ¡¡ que lujo, por Dios !!). Luego a casa, medio desechos, a engullir la escasa comida deprisa ("como los pavos", decía mi madre) para, si habíamos recaudado con el "kilillo" lo bastante para la entrada infantil del Atleti, coger el tope del tranvía 4, Cuatro Caminos- Sol - Ventas, a ver a nuestro Atleti, y si no era día de partido a "fabricar" manualmente nuestros boletines con los resultados de Primera, sacados de las pizarras que se ponían en los bares, para venderlos al módico precio de 40 céntimos, en competencia desleal de la "Goleada" impresa, que vendían por 50, los chavales de esa empresa. Esa competencia traía consigo, las más de las veces, peleas incruentas con los otros chicos, que solían saldarse con un reparto de "puestos" a la salida de los Cines, en los que las parejas de novios solían ser nuestros mejores clientes.- "Anda, tonto, cómpraselo al chico, ¿que más te da?". Esos pequeños ingresos solían darnos para alguna barra de regaliz, y un principio para la entrada del siguiente Domingo. Ya ves lo que nos gustaba el fútbol ..y lo felices que éramos aunque no se había inventado todavía la Play...

 
-¿Como te ha influido ser del Atleti a lo largo de tu vida?
Grandes alegrías y grandes decepciones, como suele ocurrir con el paso por la vida. Pero siempre he tenido en cuenta un dicho de mi abuelo Julio: "Si no has pasado alguna vez hambre, no podrás disfrutar totalmente un buen trozo de jamón".
La vida está compuesta de felicidad y tristeza, eso es algo que todos conocemos en mayor o menor cuantía, pero lo importante es saber vivir cada momento con la intensidad que requiere. He llorado a veces escuchando una música que me traía recuerdos muy queridos, he llorado por tener que sacrificar a uno de mis mejores amigos, mi perro "tigre", como lo he hecho con mis familiares más queridos, y no me avergüenzo de ello.
He reido a mandíbula batiente con las "gracias" de mis nietos y mis hijos. He amado y he sufrido desengaños de personas muy queridas, pero os aseguro que no cambiaría ni un solo instante de mi vida, fracasos incluidos.
Y lo mismo me ha ocurrido con el Atleti. Me siento orgullosísimo de ser atletista, en los triunfos, y en las derrotas, cuando se ha perdido luchando hasta el último minuto, como en la final de Bruselas. A veces he tenido que escuchar las burlas de los prepotentes que solo quieren ganar como sea, y siempre he tenido argumentos para hacerles callar, y si no lo han hecho (sobre todo en mi juventud) no he tenido reparos en liarme a hostias con algún impertinente, aunque no he empezado nunca una pelea, pero tampoco me he escondido.
En eso he seguido el consejo de C. J. C. que decía:
"Hay tres cosas que no se deben negar, un consejo a un amigo, un revolcón a una señora que lo solicite, y una hostia a un impertinente". 
Por suerte o por desgracia, la segunda opción no se me ha presentado nunca, jajajajaja.
Seguir al Atleti me ha enseñado a ser cauto en mis observaciones, porque como todos sabemos, somos capaces de lo mejor y de lo peor, y es preferible no andar "sacando pecho", ni "vender la piel antes de cazar al oso", para no acabar con las orejas a ras del suelo.
Pero ante todo, he aprendido a ganar y a perder deportivamente. No me gustan los ventajistas.




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