Harto de la monotonía del día a día y sin pensarlo
dos veces me dispuse a realizar un viaje improvisado a Buenos Aires , donde
vivía desde hacía unos meses mi gran amigo Carlos, que se había trasladado allí
por motivos de trabajo, y que me había insistido muchas veces en que fuera a
visitarlo, prometiendo recibirme con un buen asado, y poniéndome al día de sus
anécdotas e impresiones de los primeros meses de su estancia allí, mientras me
enseñaba la ciudad. Así de paso podría
vivir un partido en el mítico Cilindro de Avellaneda, cosa que me empujó más
aún a emprender mi particular viaje. Tras varias horas de espera en la terminal del aeropuerto, por fin dieron la señal para que los pasajeros fueran embarcando.
Era un día soleado aunque hacía un poco de viento , y yo tenía mi asiento junto a la ventana en el avión, me gustaba poder observar las impresionantes vistas y me relajaba. La noche anterior no había descansado bien, me puse los auriculares, sonaba la canción Estadio Azteca de Andrés Calamaro de fondo, y decidí echar una cabezada utilizando mi sudadera de almohada, apoyándola sobre el cristal.
Cuando desperté, miré mi reloj, habían pasado dos horas, aún quedaban varias más de trayecto. Levanté la cabeza y vi como el señor que estaba a mi lado me miró sonriente ofreciéndome una Paulaner que sacó de su bolsa de mano. Agradecido acepté y comenzamos una conversación mientras tomábamos unos tragos de esa deliciosa cerveza de trigo.
Su nombre era Pietro, tenía una cicatriz en la parte derecha de su rostro, los ojos verdosos, el pelo claro y algo rizado, peinado con elegancia y una barba corta de una semana, parecía joven, pero su mirada me decía que ya había vivido mucho. Se había criado en un humilde barrio de Nápoles, en una familia de nivel bajo, pero nunca le había faltado nada, y cada fin de semana les encantaba ir de campo juntos, mientras, su padre hacía una gran barbacoa, se tiraban allí todo el día y cuando anochecía preparaban una gran hoguera, contando historias tumbados en el césped, mirando las estrellas, era una familia realmente unida. Pero su vida se complicó cuando con apenas dieciocho años perdió a sus padres en un terrible accidente de coche, quedó destrozando y lo único que le empujó a seguir adelante fue su hermana pequeña de ocho años, era su último rayo de esperanza al que se aferró, criándola con esfuerzo y trabajo, haciendo de padre y de madre, sacrificándose y dejando hasta su última gota de sudor por ella. Enseguida me di cuenta que era un luchador que había superado cada prueba que le había puesto la vida, cuando lo más fácil hubiera sido rendirse y darlo todo por perdido.
Me contó como se había hecho esa llamativa cicatriz, saliendo de la fábrica de pintura donde trabajaba tras una dura jornada. Ese día había recibido una paga extra con la que tenía pensado comprar algo de comida y un humilde regalo de navidad para su hermana. Un joven ratero le puso una navaja en el cuello amenazándole con cortárselo si no le entregaba el sobre con el dinero, pero Pietro no estaba dispuesto a entregarlo porque pensó en su hermana, y se dio cuenta que no podía fallarla. Se quitó como pudo de encima al atracador con un brusco empujón, pasando el filo de la navaja por la parte inferior de su pómulo rasgándole la piel y dejándole esa marca que le acompañará el resto de su vida.
Si todo esto no había sido suficiente, dos años después a Pietro le diagnosticaron un cáncer, teniendo que dejar a su hermana en un centro de acogida durante el tiempo que duró su enfermedad. Una vez a la semana su hermana iba a visitarlo al hospital acompañada de un tutor del centro, Pietro me cuenta con una sonrisa como siempre le llevaba una piruleta con forma de corazón y como se le caía alguna lágrima porque le angustiaba ver a su hermano que tanto había hecho por ella pasándolo tan mal, y le aterraba la posibilidad de que pudiera perderlo para siempre. Este la tranquilizaba, diciéndole que nunca se había rendido en su vida, y que ahora no iba a ser menos, prometiendo llevarla al cine a ver una película tan pronto como se recuperase. No fue fácil, pues las primeras impresiones no fueron muy alentadoras, era un cáncer complicado y le dijeron que se preparase para lo peor. Pero él no entendía de victimismos ni de derrotas, al menos sin antes luchar. Sorprendentemente y después de salvar una gran recaída, tras duros meses de pelea constante consiguió superar la enfermedad contra todo diagnóstico, pudiendo al fin llevar a su hermana al cine como así le había prometido.
Me pregunto si otra persona en su lugar hubiese tenido ese coraje y valentía para seguir adelante con una losa encima así. Desde luego, Pietro había ganado este duro pulso a la vida. Los dos continuamos hablando, me explicó que la vida le había dado otra oportunidad, y que ahora que todo estaba aparentemente tranquilo quería disfrutar de todas esas cosas que se había perdido en su dura juventud. Quería vivir nuevas experiencias que le hicieran recuperar la ilusión, y así poder reencontrarse a sí mismo, conociendo distintos lugares y viajando por varios países. Recientemente había estado en Viena, Praga, Budapest, Cracovia y en Egipto. Pietro no tenía problemas con el castellano, pues su madre había nacido en un pueblo de Ferrol, trasladándose a Nápoles por motivo de sus estudios universitarios. Su hermana tenía actualmente diecinueve años, y se había convertido en una importante modelo publicitaria, vivía en Milán, compaginaba su trabajo con sus estudios como profesora de español, y todo lo que tenía había sido gracias al esfuerzo su hermano, al que estaba enormemente agradecida y con el que mantenía una relación muy especial, no pasaba un día sin que ambos hablasen por teléfono.
Habían sido varias horas de conversación, tenía la sensación de haber conocido a una persona con un alma realmente grande. Me sorprendió gratamente saber que aún existen personas que no se dan por vencidas aunque todo parezca perdido.
Todo esto me hizo me hizo reflexionar en muchos aspectos, creo que siempre queremos más y más, sin saber valorar y disfrutar lo que ya tenemos, siempre quejándonos por insignificantes problemas, sin darle importancia a las cosas que realmente merecen la pena en nuestra vida. Ves como alguien que lo ha perdido todo lucha por seguir adelante en lugar de quedarse sentado quejándose, está es la actitud que todos deberíamos presentar ante la vida.
El viaje llegaba a su fin, el avión descendió para aterrizar, Pietro y yo nos miramos con una gran sonrisa y nos dimos un fuerte abrazo. Le desee toda la suerte del mundo en su nueva vida y le dije que su próximo destino podía ser España, donde yo lo acogería encantado, a lo que contestó que sería un placer y que nos mantendríamos en contacto. Bajé las escaleras del avión dándole vueltas a todo y con mi pensamiento de valorar mucho más lo que tengo. Mi amigo Carlos ya me esperaba desde hacía una hora en la terminal del aeropuerto, pasaría a ser una gran semana, pues conocí varios rincones preciosos de Argentina, y como no vi como Racing ganaba a Boca Juniors en el Cilindro de Avellaneda. ¿Qué más se puede pedir?
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