domingo, 21 de octubre de 2012

"Días de barro" (El fútbol en la niñez)



No hay nada más bonito como ver la cara de ilusión de un niño. Cuando tienes esa edad mágica en la que no tienes problemas ni responsabilidades, disfrutas por cualquier pequeño detalle y no vives pensando en el mañana, sino en el presente, sueñas despierto y no conoces la maldad que rodea este mundo movido por los intereses propios. Uno de los motivos que hacían ilusionarme cuando era un niño era jugar al futbol con mis amigos. No era solo un deporte, era estar haciendo algo que me encantaba junto a personas con las que había compartido muchos momentos y con las que había crecido y vivido mil historias. Se vienen a mi cabeza esas tardes de entrenamiento en las que aún no podíamos disfrutar de los campos de césped actuales, jugábamos en un campo de tierra, en muchas ocasiones encharcado por el agua de las frías lluvias que hacían que llegases a casa con las botas llenas de barro y los calcetines empapados, pero creo que la ilusión era mucho mayor que la que viven los chicos de hoy, peleábamos cada balón pasando por encima de los charcos que fueran necesarios sin importarnos otra cosa que salir adelante con la pelota, si caíamos encima y nos quedábamos calados poco nos importaba, si hacía mucho frío entrenábamos con guantes y gorro, he de decir que era algo con lo que me encantaba. Pero lo que más me gustaba era llegar a casa y ver que ya me tenía mi madre listo un baño de agua caliente y un colacao preparado para ir entrando en calor, benditas madres. En las noches previas a los partidos, era imposible conciliar el sueño de los nervios que tenía, imaginando mil jugadas y situaciones de lo que podía ser el partido del día siguiente.
Aún recuerdo aquellas frías mañanas, cuando quedábamos temprano para viajar a otros pueblos y llegábamos a la parada de autobuses con la cara helada pero con unas ganas tremendas de comenzar el viaje llenos de ilusión y con un cosquilleo en la barriga que por desgracia ya perdí hace tiempo. Los rezagados siempre eran los mismos, a los cuales parece ser que se les pegaban las sábanas a esas horas de la mañana y como de costumbre llegaban los últimos, siempre bromeábamos a su llegada. En el autobús siempre había anécdotas graciosas, como cuando algunos enseñaban su trasero por el cristal cuando pasábamos por los pueblos mientras los demás compañeros rompían a carcajadas o también se animaban a ello. Los momentos previos al partido en el vestuario también los recuerdo cariño, como nos íbamos poniendo las espinilleras, las medias, las botas… y como se procedía al reparto de dorsales, ese cosquilleo en el estómago se iba incrementando cada vez más, pero una vez saltabas al campo todo se olvidaba y disfrutabas como nunca entregándote al máximo. Unas veces se ganaba y otras se perdía, pero acabábamos el partido exhaustos y cuando íbamos hacia el bus nos repartían unos bocadillos acompañados de una fanta que en ese momento sentaba como gloria, mientras disfrutábamos de esos momentos juntos a los demás llenos de risas y recuerdos del partido, inolvidables. Cuando los árbitros y los equipos rivales tardaban mucho en presentarse a nuestro campo todos cruzábamos los dedos para que llegasen y no tuviese que suspenderse el partido, celebrando como un gol cuando los veíamos aparecer por la puerta, no queríamos que nos diesen el partido por ganado, preferíamos incluso perder con honor sobre la tierra, pero al menos jugando. Había ocasiones en las que había llovido mucho durante la noche y el campo parecía que tenía una charca en mitad de uno de los áreas, y como entrenadores y directivos tenían que picar en la tierra para que el drenaje absorbiese el agua, las botas katiuskas eran habituales, los propios jugadores picábamos el campo con nuestros paraguas para ayudar en la labor y conseguir que se pudiese disputar el partido. Otros días la niebla era tan intensa y espesa que se impedía que desde una portería se viese la otra, pero nosotros nos empeñábamos en jugar de cualquier forma. Algunos equipos tenían fama de ser leñeros, y a algunos compañeros les entraba algo de miedo en la previa de este tipo de partidos, pero cuando finalizábamos el encuentro se veía que los habíamos hecho un juego más agresivo éramos nosotros, y las tarjetas amarillas nos dejaban en evidencia. Recuerdo en el trofeo de la Copa del Presidente en el que jugamos ante un equipo que estaba dos categorías por encima de nosotros, y como nos subestimaron, dando el partido por ganado antes de jugarlo. Comenzaron ganando, pero no agachamos la cabeza en ningún momento y se convirtió en el partido más sufrido que recuerdo, tiramos de garra y conseguimos remontar el partido ganándoles 3-4, acabamos con ocho jugadores después de tres dudosas expulsiones y con los gemelos tan agarrotados que se nos hacía difícil andar al final del partido, pero una satisfacción interior inigualable. Ese entusiasmo e ilusión con el que vivía esto cuando era un niño va desapareciendo progresivamente con los paso de los años, y me da pena ver como a muchos niños actualmente lo único que les importa es tener las botas de futbol su ídolo de colores llamativos, (muy feas por cierto, donde se pongan unas botas clásicas blancas o negras…) , desapareciendo una serie de valores muy importantes como el compañerismo de aquellos días de barro. Creo que esa unión que vivíamos lo hacía diferente, quizás porque antes que un equipo, éramos un grupo de amigos, que trasladado al campo se convertía en una piña difícil de pasar por encima. Sería importante que se recuperaran algunos viejos valores que van quedando en el olvido en el futbol actual, en una clara decadencia y donde lo único que importa es el dinero por encima de los sentimientos. Por cierto, a ver quién es capaz de decirme cual de los de la foto soy yo. Esta historia se la dedico a mi gran amigo Miguelino con el que he vivido mil batallas en el terreno de juego y que es quien me ha empujado a escribir sobre este tema.

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