La historia que voy a contaros transcurrió en un pequeño pueblo costero que tenía escasos habitantes y que estaba situado junto a una gran colina, en el cual la mayoría de sus vecinos se ganaban la vida como pescadores. Sus casas eran en su mayoría de una planta y sus fachadas de color blanco, con unos ventanales de piedra, que hacían que tuviese un gran encanto. Había un enorme y viejo faro al cual se llegaba por un puente de madera. En invierno sus calles parecían desiertas, sus tardes eran rutinarias y monótonas, cuando llegaba la noche la poca gente que quedaba en las calles se concentraba en el Bar de Fermín “El Turco” tomando un último trago antes de salir a faenar.
Sin embargo en verano había un gran contraste, parecía un pueblo completamente diferente, gracias al turismo la población se triplicaba, pues era un pueblo con una preciosa playa que acababa en un rocoso acantilado. Había un gran ambiente, y la gente que vivía en las grandes ciudades cercanas aprovechaban para pasar el verano allí en familia. Junto a la playa había un restaurante con muy buena fama que solo abría los meses de verano, estaba siempre lleno y la gente aprovechaba para tomar el pescado fresco. La dueña del restaurante tenía un hijo que se llamaba Iván.
Era un chico de 15 años, de piel algo pálida y algo bajito, tenía media melena y unos ojos azules que traían de cabeza a todas las chicas de su pandilla. Le encantaba escuchar las conversaciones de los pescadores cuando llegaban al restaurante tras una dura jornada, cada cual contaba una historia más exagerada y con las habituales bromas de ver quien había conseguido más pesca, pero eso a Iván le entretenía y se sentaba junto a ellos como uno más, observándolos sin perder detalle, siempre junto al pescador más veterano, que tenía un parche de pirata en su ojo derecho, tras un incidente que tuvo con un arpón hace años mientras trababa de pescar un enorme pez. Un día a mediados de Julio, como cada tarde esperaba a que su madre saliese de trabajar, sentado en la arena de la playa leyendo un libro del Capitán Alatriste. Le encantaba disfrutar de esos momentos de calma mientras pensaba.
Estaba mirando fijamente el oleaje, cuando de repente vio pasar a una chica a la que no había visto nunca antes.
Era pelirroja y tenía una cara muy dulce, con algunas pecas al rededor la nariz y unos llamativos ojos verdosos. Iba paseando relajada por la orilla mientras comía un helado de chocolate con una bonita sonrisa. Enseguida Iván se acercó para intentar impresionarla. Cogió una migaja de pan y la tiró en la orilla, en unos segundos todo se llenó de pequeños pececillos que picoteaban los restos de pan. Ella se quedó sorprendida mirando los peces, mientras Iván aprovechó para preguntarle su nombre, se llamaba Clara. Le contó que vivía en una lejana ciudad, y que era la primera vez que veraneaba en este pueblo asique no conocía a nadie allí. Continuaron caminando por la orilla mientras Iván le dijo que le enseñaría encantando cada rincón del pueblo. Y así fue, en los días posteriores se convirtieron en inseparables amigos, se pasaban juntos las horas. Una noche Iván le enseñó la belleza del viejo faro, donde tumbados en una toalla contemplaron las estrellas, él se inventaba el nombre de algunas constelaciones para sorprenderla, mientras ella quedaba alucinada con su “sabiduría”.
Al día siguiente la llevó al parque, donde pasaron la tarde entera entre risas, y más aún cuando Iván en uno de sus alardes de sorprenderla subió tan alto con el columpio que cayó al suelo dándose un gran golpe, pero avergonzado se levantó enseguida diciendo que no había sido nada, aunque en el fondo estaba muy dolorido, ella no pudo contenerse y rompió a carcajadas. La mañana siguiente la pasaron en la playa, donde comenzaron su habitual paseo por la orilla, esta vez llegaron más lejos de lo normal, hasta el enorme acantilado lleno de rocas donde acababa el pueblo. La marea acababa de bajar, y podía verse como algunas estrellas de mar habían quedado atrapadas en un pequeño charco de agua que se había formado. Así como los numerosos cangrejos que no paraban de moverse entre las rocas, ella tenía gran maña para cogerlos, pero Iván no paraba de llevarse cortes en su mano por culpa de las tenazas de estos. Hubo algo que llamó la atención de ambos, entre las enormes rocas se había formado un gran hueco, se acercaron y vieron que había una cueva. Aunque la entrada era bastante estrecha con curiosidad se adentraron en ella y comprobaron como a medida que avanzaban la amplitud de esta cada vez era mayor, pero la claridad disminuía hasta el punto que decidieron salir, pues no veían casi nada. Volvieron dos días después, pero esta vez mejor preparados, ya que Iván había aprendido algunas técnicas de supervivencia que su padre le había enseñado. Formaron una antorcha atando algunos palos, añadiendo pasto seco, y un poco de resina para que el fuego aguantase más tiempo. La marea acababa de bajar, como la tarde pasada.
Ya preparados encendieron la antorcha con una caja de cerillas y se adentraron en la cueva, el agua les llegaba por los tobillos. Alumbraron el techo de la cueva y vieron unas curiosas pintadas que parecían rupestres de color barro, quedaron asombrados, quizás estuvo ocupada tiempo atrás. Siguieron caminando y el agua ya les llegaba por las rodillas, vieron algo que les sorprendió, a lo lejos se formaba un enorme destello de luz, decidieron acercarse y vieron que era un pequeño cofre color cobre que estaba entre unas rocas. Con gran dificultad consiguieron extraerlo, pero estaban nerviosos pues se habían descuidado y el agua iba entrando en la cueva cada vez más rápido y la antorcha daba señas de poder apagarse en cualquier momento, les atemorizaba la posibilidad de poder quedarse allí atrapados. Iván cogió el cofre en una mano y agarró fuerte a Clara con la otra. Corrieron rápido hacia la salida, ya veían un poco de luz, pero las olas entraban con mucha fuerza, envistiéndoles con violencia una de ellas, despidiendo a Clara hacia dentro y apagando la antorcha completamente. Iván fue rápido a ayudarla, estaba en shock, temblado, muy nerviosa. A duras penas consiguieron llegar a la salida, donde el agua tapaba ya prácticamente la cueva. Cuando llegaron a la orilla, se sentaron en la arena, ambos estaban agotados, exhaustos y con un gran temor aún en el cuerpo.
Se citaron en el faro a las 11:00 para desvelar el contenido del cofre. Era una noche más fría de lo habitual, y corría algo de viento. Iván llevó unas tenazas de su padre para forzar la cerradura, mientras Clara enfocaba con una linterna. Fue fácil abrirlo, pues estaba bastante deteriorado. Ambos quedaron algo desilusionados, pues solo había una carta plastificada, cuando ellos esperaban algo material, quizás algunas monedas. Se trataba una carta de una persona que había estado viajando por todo el mundo, por infinidad de países y lugares, pero que el único sitio donde había encontrado la paz que buscaba era en ese pequeño pueblo y quería entregar algo especial a la persona que encontrase su cofre. En la carta estaba escrita la dirección de este señor asique la mañana siguiente decidieron ir a preguntar por él. Les abrió la puerta una señora mayor, era su mujer, y les dijo que por desgracia su marido había fallecido dos años atrás, pero les invitó a pasar y a tomar un vaso de limonada, mientras les explicó su historia. Este señor había sido un importante director de cine que había decidido pasar sus últimos años junto a su mujer en este tranquilo pueblo tras recorrerse el mundo con ella. La recompensa que quería dejar era su viejo proyector con las películas originales que dirigió durante su exitosa carrera y otras de sus preferidas que había ido guardando a lo largo de los años. La mujer les entregó la recompensa encantada. Cada tarde veían una película, y aunque eran algo antiguas disfrutaban enormemente, pues les encantaba estar juntos.
Así transcurrieron sus últimos días, pues el verano estaba llegando a su fin. Y como no podía ser de otra forma llegó el fatal momento que ninguno de los dos esperaba, el día de la despedida. Había un brillo especial en sus miradas, habían pasado unos días increíbles juntos, y aunque ambos se gustaban, ninguno de los dos se atrevió a dar un paso adelante por miedo a que se pudiese poner en peligro esa bonita amistad, pero prometieron verse el próximo verano, pues los padres de Clara habían quedado enamorados de ese lugar. Finalmente se abrazaron con fuerza, las palabras sobraban. Después Iván se quedó mirando fijamente y con pena como se iba alejando el coche de Clara. Ambos soñaron durante noches en esos inolvidables momentos y en los que pudieran pasar el próximo verano. Pero por desgracia, por circunstancias de la vida, jamás volvieron a verse.
Sin embargo en verano había un gran contraste, parecía un pueblo completamente diferente, gracias al turismo la población se triplicaba, pues era un pueblo con una preciosa playa que acababa en un rocoso acantilado. Había un gran ambiente, y la gente que vivía en las grandes ciudades cercanas aprovechaban para pasar el verano allí en familia. Junto a la playa había un restaurante con muy buena fama que solo abría los meses de verano, estaba siempre lleno y la gente aprovechaba para tomar el pescado fresco. La dueña del restaurante tenía un hijo que se llamaba Iván.
Era un chico de 15 años, de piel algo pálida y algo bajito, tenía media melena y unos ojos azules que traían de cabeza a todas las chicas de su pandilla. Le encantaba escuchar las conversaciones de los pescadores cuando llegaban al restaurante tras una dura jornada, cada cual contaba una historia más exagerada y con las habituales bromas de ver quien había conseguido más pesca, pero eso a Iván le entretenía y se sentaba junto a ellos como uno más, observándolos sin perder detalle, siempre junto al pescador más veterano, que tenía un parche de pirata en su ojo derecho, tras un incidente que tuvo con un arpón hace años mientras trababa de pescar un enorme pez. Un día a mediados de Julio, como cada tarde esperaba a que su madre saliese de trabajar, sentado en la arena de la playa leyendo un libro del Capitán Alatriste. Le encantaba disfrutar de esos momentos de calma mientras pensaba.
Estaba mirando fijamente el oleaje, cuando de repente vio pasar a una chica a la que no había visto nunca antes.
Era pelirroja y tenía una cara muy dulce, con algunas pecas al rededor la nariz y unos llamativos ojos verdosos. Iba paseando relajada por la orilla mientras comía un helado de chocolate con una bonita sonrisa. Enseguida Iván se acercó para intentar impresionarla. Cogió una migaja de pan y la tiró en la orilla, en unos segundos todo se llenó de pequeños pececillos que picoteaban los restos de pan. Ella se quedó sorprendida mirando los peces, mientras Iván aprovechó para preguntarle su nombre, se llamaba Clara. Le contó que vivía en una lejana ciudad, y que era la primera vez que veraneaba en este pueblo asique no conocía a nadie allí. Continuaron caminando por la orilla mientras Iván le dijo que le enseñaría encantando cada rincón del pueblo. Y así fue, en los días posteriores se convirtieron en inseparables amigos, se pasaban juntos las horas. Una noche Iván le enseñó la belleza del viejo faro, donde tumbados en una toalla contemplaron las estrellas, él se inventaba el nombre de algunas constelaciones para sorprenderla, mientras ella quedaba alucinada con su “sabiduría”.
Al día siguiente la llevó al parque, donde pasaron la tarde entera entre risas, y más aún cuando Iván en uno de sus alardes de sorprenderla subió tan alto con el columpio que cayó al suelo dándose un gran golpe, pero avergonzado se levantó enseguida diciendo que no había sido nada, aunque en el fondo estaba muy dolorido, ella no pudo contenerse y rompió a carcajadas. La mañana siguiente la pasaron en la playa, donde comenzaron su habitual paseo por la orilla, esta vez llegaron más lejos de lo normal, hasta el enorme acantilado lleno de rocas donde acababa el pueblo. La marea acababa de bajar, y podía verse como algunas estrellas de mar habían quedado atrapadas en un pequeño charco de agua que se había formado. Así como los numerosos cangrejos que no paraban de moverse entre las rocas, ella tenía gran maña para cogerlos, pero Iván no paraba de llevarse cortes en su mano por culpa de las tenazas de estos. Hubo algo que llamó la atención de ambos, entre las enormes rocas se había formado un gran hueco, se acercaron y vieron que había una cueva. Aunque la entrada era bastante estrecha con curiosidad se adentraron en ella y comprobaron como a medida que avanzaban la amplitud de esta cada vez era mayor, pero la claridad disminuía hasta el punto que decidieron salir, pues no veían casi nada. Volvieron dos días después, pero esta vez mejor preparados, ya que Iván había aprendido algunas técnicas de supervivencia que su padre le había enseñado. Formaron una antorcha atando algunos palos, añadiendo pasto seco, y un poco de resina para que el fuego aguantase más tiempo. La marea acababa de bajar, como la tarde pasada.
Ya preparados encendieron la antorcha con una caja de cerillas y se adentraron en la cueva, el agua les llegaba por los tobillos. Alumbraron el techo de la cueva y vieron unas curiosas pintadas que parecían rupestres de color barro, quedaron asombrados, quizás estuvo ocupada tiempo atrás. Siguieron caminando y el agua ya les llegaba por las rodillas, vieron algo que les sorprendió, a lo lejos se formaba un enorme destello de luz, decidieron acercarse y vieron que era un pequeño cofre color cobre que estaba entre unas rocas. Con gran dificultad consiguieron extraerlo, pero estaban nerviosos pues se habían descuidado y el agua iba entrando en la cueva cada vez más rápido y la antorcha daba señas de poder apagarse en cualquier momento, les atemorizaba la posibilidad de poder quedarse allí atrapados. Iván cogió el cofre en una mano y agarró fuerte a Clara con la otra. Corrieron rápido hacia la salida, ya veían un poco de luz, pero las olas entraban con mucha fuerza, envistiéndoles con violencia una de ellas, despidiendo a Clara hacia dentro y apagando la antorcha completamente. Iván fue rápido a ayudarla, estaba en shock, temblado, muy nerviosa. A duras penas consiguieron llegar a la salida, donde el agua tapaba ya prácticamente la cueva. Cuando llegaron a la orilla, se sentaron en la arena, ambos estaban agotados, exhaustos y con un gran temor aún en el cuerpo.
Se citaron en el faro a las 11:00 para desvelar el contenido del cofre. Era una noche más fría de lo habitual, y corría algo de viento. Iván llevó unas tenazas de su padre para forzar la cerradura, mientras Clara enfocaba con una linterna. Fue fácil abrirlo, pues estaba bastante deteriorado. Ambos quedaron algo desilusionados, pues solo había una carta plastificada, cuando ellos esperaban algo material, quizás algunas monedas. Se trataba una carta de una persona que había estado viajando por todo el mundo, por infinidad de países y lugares, pero que el único sitio donde había encontrado la paz que buscaba era en ese pequeño pueblo y quería entregar algo especial a la persona que encontrase su cofre. En la carta estaba escrita la dirección de este señor asique la mañana siguiente decidieron ir a preguntar por él. Les abrió la puerta una señora mayor, era su mujer, y les dijo que por desgracia su marido había fallecido dos años atrás, pero les invitó a pasar y a tomar un vaso de limonada, mientras les explicó su historia. Este señor había sido un importante director de cine que había decidido pasar sus últimos años junto a su mujer en este tranquilo pueblo tras recorrerse el mundo con ella. La recompensa que quería dejar era su viejo proyector con las películas originales que dirigió durante su exitosa carrera y otras de sus preferidas que había ido guardando a lo largo de los años. La mujer les entregó la recompensa encantada. Cada tarde veían una película, y aunque eran algo antiguas disfrutaban enormemente, pues les encantaba estar juntos.
Así transcurrieron sus últimos días, pues el verano estaba llegando a su fin. Y como no podía ser de otra forma llegó el fatal momento que ninguno de los dos esperaba, el día de la despedida. Había un brillo especial en sus miradas, habían pasado unos días increíbles juntos, y aunque ambos se gustaban, ninguno de los dos se atrevió a dar un paso adelante por miedo a que se pudiese poner en peligro esa bonita amistad, pero prometieron verse el próximo verano, pues los padres de Clara habían quedado enamorados de ese lugar. Finalmente se abrazaron con fuerza, las palabras sobraban. Después Iván se quedó mirando fijamente y con pena como se iba alejando el coche de Clara. Ambos soñaron durante noches en esos inolvidables momentos y en los que pudieran pasar el próximo verano. Pero por desgracia, por circunstancias de la vida, jamás volvieron a verse.

No hay comentarios:
Publicar un comentario