Miguel era un viejo maquinista ya jubilado hacía años, tenía
el pelo grisáceo y casi siempre despeinado, con una barba algo descuidada. Le
encantaba despertarse temprano y
prepararse una tosta de jamón con tomate, un café y un zumo de naranja, después
se aseaba un poco, tomaba un caramelo de menta y salía a la calle dando un
paseo hasta su pequeño huerto, donde cultivaba todo tipo de hortalizas. Le
encantaba percibir ese agradable olor a tierra mojada por el camino.Siempre andaba algo malhumorado, no soportaba ver como la gente que le rodeaba acudía a él movida por el interés. Tenía una fría y distante relación con su hijo Pedro, siempre pendiente de sus negocios y que veía a Miguel como una carga, sin embargo tenía una relación especial con su nieto Alejandro, de nueve años, y con el que le encantaba pasar las tardes, disfrutando de su compañía. A este le encantaba que le acompañase de paseo mientras le contaba historias de su niñez.
Miguel tenía que ir a resolver unos papeles al pueblo donde se había criado, pues quería vender la casa que heredó de su padre, pero a la que no se atrevía a ir hacía más de diez años, quizás por miedo a la nostalgia que podía sentir al entrar en la casa donde había crecido y verla vacía. Siempre se le escapaba alguna lágrima recordando los grandes momentos vividos allí junto a sus padres, y como correteaba en ese amplio jardín con sus hermanos y primos, jugando en el columpio artesanal que su padre les había hecho en un enorme cedro . Había llegado el momento de enfrentarse a esos recuerdos, pero no quería hacer este viaje solo, su inseparable nieto Alejandro le acompañaría en el que se iba a convertir en un atípico fin de semana. Era una fría mañana de Noviembre y había helado la noche anterior, por eso Alejandro iba bien preparado con su gorro, sus guantes de colores y su bufanda de lana.
Una vez listo el equipaje, y tras quitar la escarcha de la luna del coche, arrancaron hacia su destino. Pusieron la calefacción y pronto comenzaron a sentir un agradable calor, disfrutando en el trayecto del precioso paisaje de los campos de centeno cubiertos por el rocío. Tras varias horas al volante, ya se veían las primeras montañas con las cumbres nevadas. Alejandro estaba muy ilusionado, pues nunca había visto la nieve, y estaba con una sonrisa de oreja a oreja. Por fin llegaron al pueblo, que como siempre por esas fechas solía estar completamente blanco de las nevadas. El agua corría por los canalones situados a los extremos de sus empedradas calles, recordaba como cuando era un niño solía hacer carreras de barcos de papel con su hermano pequeño. La casa estaba situada junto a una pequeña ermita de la que colgaban restos de hielo en sus tejas y que tenía unas preciosas vidrieras azules. En la puerta de la casa había una protección de madera para evitar la entrada de la nieve a través de la puerta, Miguel metió la llave con un gran temblor en las manos ante la curiosidad de su nieto. La puerta era vieja y la pintura tenía distintas tonalidades de marrón, al abrir sonó un enorme chirrido.
Encendieron el interruptor de la luz y Miguel enmudeció, se quedó frente a ese amplio salón observando todo sin decir una sola palabra durante más de tres minutos, ante los continuos recuerdos que le venían al cabeza, eclipsado por este cúmulo de emociones. Era como si no hubiera pasado el tiempo, solo algunas telarañas y el polvo justificaban el paso de los años. Miguel cogió algo de leña seca que había en el sótano y formó una enorme lumbre en la chimenea en la que tantas historias había escuchado cuando era un niño de la mano de su padre. Los dos se situaron en torno a ella, entrando en calor y esperando a que se caldease el resto de la casa, pues estaba congelada. Alejandro escuchaba embobado las historias que Miguel le contaba de sus bonitos momentos vividos en esa casa. Un rato después fueron adecentando la habitación donde iban a descansar, cambiando las sábanas, poniendo un edredón nórdico y limpiando la suciedad. En la habitación encontró medallas que le transportaron directamente a su niñez, cuando competía con su hermano en los campeonatos de natación del pueblo, tenía un nudo en la garganta y no puedo evitar que le cayesen algunas lágrimas cuando vio las fotos familiares que había en la mesilla.
Alejandro estaba ya ansioso por ver la nieve, pero Miguel le dijo que antes deberían descansar un rato, pues había sido un largo viaje, de modo que se tumbaron un rato en el sofá, junto a la chimenea. Cuando Miguel despertó, vio que su nieto ya no estaba junto a él, fue a la habitación pensando que estaría curioseando sus viejas pertenencias, pero tampoco estaba allí. Revisó todas las habitaciones de la casa, incluso el sótano, y no había ni rastro de Alejandro, la angustia comenzó a apoderarse de él. Desesperado salió fuera de la casa en su búsqueda, recorriéndose todas las calles del pueblo con una enorme preocupación, pues estaba cayendo una gran nevada y no había nadie en la calle, además soplaba un fuerte viento que hacía que la visibilidad fuera muy reducida. La inquietud cada vez era mayor, Miguel no sabía qué hacer, y se adentró en el camino que conducía montaña arriba.
Las condiciones eran cada vez más adversas y los nervios le impedían actuar con claridad. Se frenó ante un prado, no aguantaba más. Estaba agotado, y lo único que quería era encontrar a su nieto sano y salvo, no sabía que le podía haber pasado y eso le atemorizaba. Pero de repente, a lo lejos de ese mismo prado vio una silueta roja, enseguida se acercó, pues podría ser Alejandro, le dio un vuelco al corazón cuando vio que era su abrigo, había quedado entrillado en la alambrada de la cerca, pero su nieto no estaba. Tenía que haber pasado por allí, así que no podía andar muy lejos. Avanzó unos metros hasta que escuchó una tímida voz que pedía ayuda, era la inconfundible voz de su nieto Alejandro, que estaba agazapado en un viejo establo. Miguel fue corriendo hasta él, abrazándole fuertemente con sus brazos, estaba tiritando de frío, sus dientes castañeaban y apenas le salían las palabras. Alejandro había salido de casa porque quería ver la nieve, el día estaba despejado, pero que una vez que empezó a nevar bruscamente había quedado allí atrapado. No había tiempo para hablar, tenían que salir ya de allí, pues Alejandro corría grave peligro si no entraba pronto en calor.
El camino de regreso a casa no iba a ser fácil, pues debido a la violencia del viento un árbol había caído, obstruyendo el paso del camino principal, era un tronco enorme lleno de ramas punzantes, por lo que tuvieron que desviarse del estrecho camino, pasando por una escarpada vereda en la que había unas peligrosas y resbaladizas rocas, que hicieron que Miguel tropezase, raspándose con una afilada roca, provocándose un fuerte hematoma en la rodilla y un leve corte, pero en ese momento no sentía dolor. Cuando mas complicada era la situación vieron como cerca de la carretera principal pasaba un tractor de remolque, Miguel hizo un último esfuerzo y pidió ayuda a voces, Ramón el hombre del tracto, que los vio a lo lejos, alertado por aquellos gritos de auxilio, se acercó rápidamente a prestarles ayuda. Les dejó unas mantas para que fuesen entrando en calor, pero a ambos les dolía tanto el cuerpo del frío, que tenían dificultad para mover sus extremidades.
Pronto llegaron a la casa, que no tenía una instalación de agua caliente, por lo que Miguel se apresuró a llenar unas cazuelas de agua hirviendo que puso en la lumbre de la chimenea, mezclándola con el agua fría de la bañera, mientras entraron en calor en la chimenea, aún las palabras eran escasas, pero la cara de Miguel lo decía todo, la mirada seguía perdida, era consciente de que podía haber ocurrido una terrible tragedia, pero poco a poco se fue tranquilizando al ver que la situación ya estaba bajo control.
Por fin su nieto pudo tomar el baño que le permitiría entrar en calor, conforme pasaban los minutos, el color de su cara iba mejorando y ya podía hablar más fluidamente, soltando algunas lágrimas, arrepentido y pidiendo perdón a su abuelo por todo lo que había pasado. No era momento de riñas, lo importante era que no había pasado nada grave a pesar de la irresponsabilidad provocada por la curiosidad de su nieto. Más tranquilos y ya recuperados del tremendo susto se sentaron junto a la chimenea de nuevo a recordar las viejas historias que tanto le gustaba a Miguel contar a su nieto Alejandro ante su atenta mirada, con ese brillo en los ojos tan especial. Lo que pudo haberse convertido en una noche trágica, se convirtió en una noche con momentos mágicos de conversación durante horas, había una conexión especial entre los dos. Mientras tanto, Miguel se dio cuenta que todo ese miedo a mirar atrás para enfrentarse al presente y esa frustración que le ahogaba ya se habían marchado, ahora estaba en paz, solo quedaban los recuerdos de sublimes momentos vividos en esa casa, con gente a la que había querido,que aunque ya no estaban presentes junto a él, nunca iban a borrarse de su memoria. Ya no estaba triste, sentía una gran paz interior. Ya no le dolía estar ahí, porque ya no estaba solo, tenía la compañía de su nieto, que era lo más le importaba ahora mismo y era el empujón que necesitaba para superar ese trauma. Todo esto hizo replantearse a Miguel la venta de la casa, pues de ahí en adelante, pasaría a ser el destino elegido para pasar los fines de semana junto a esa compañía tan especial, alejado de la interesada sociedad que tanto detestaba.
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