jueves, 6 de diciembre de 2012

Diario de un náufrago

(JULIO-1982.)


*DÍA 1:

Después del grave incidente, he logrado escapar en un pequeño bote salvavidas, y tras varias horas navegando a merced de las olas con un sol abrasador castigándome y con la única visión de agua allá donde levantaba la mirada, por fin he visto tierra a lo lejos, se trata de una isla, aparentemente deshabitada y llena de manglares, con una vegetación muy espesa, llena de palmeras cerca de la orilla y enormes árboles conforme te adentras en el corazón de la misma. La arena es fina y suave, de un color blanquecino. El agua es cristalina y pueden verse algunos peces de colores nadando cerca de la orilla. De momento lo primero que he hecho ha sido una cabaña para refugiarme,  utilizando cañas de bambú y uniéndolas con algunas lianas que colgaban de un robusto árbol. Creo que será lo suficientemente resistente. He cubierto el suelo con unas hojas enormes que he encontrado en una planta cerca de la orilla, así  podrán servirme de colchón improvisado. También he tapado el techo con ramas de palmeras para protegerme del frío y la lluvia. No he comido en todo el día, pero ya ha comenzado a anochecer y no tengo fuego para formar una hoguera, así que lo mejor será que no pierda más energía, pues ha sido un día realmente duro. Solo me queda un pequeño trago de agua en la cantimplora y tengo una navaja de mano, y mi cuaderno de notas, el resto de mis pertenencias las he perdido en el trayecto.
La oscuridad es absoluta y el silencio de la noche me angustia.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

Mirando atrás


Miguel era un viejo maquinista ya jubilado hacía años, tenía el pelo grisáceo y casi siempre despeinado, con una barba algo descuidada. Le encantaba  despertarse temprano y prepararse una tosta de jamón con tomate, un café y un zumo de naranja, después se aseaba un poco, tomaba un caramelo de menta y salía a la calle dando un paseo hasta su pequeño huerto, donde cultivaba todo tipo de hortalizas. Le encantaba percibir ese agradable olor a tierra mojada por el camino.
Siempre andaba algo malhumorado, no soportaba ver como la gente que le rodeaba acudía a él movida por el interés. Tenía una fría y distante relación con su hijo Pedro, siempre pendiente de sus negocios y que veía a Miguel como una carga, sin embargo tenía una relación especial con su nieto Alejandro, de nueve años, y con el que le encantaba pasar las tardes, disfrutando de su compañía. A este le encantaba que le acompañase de paseo mientras le contaba historias de su niñez.
Miguel tenía que ir a resolver unos papeles al pueblo donde se había criado, pues quería vender la casa que heredó de su padre, pero a la que no se atrevía a ir hacía más de diez años, quizás por miedo a la nostalgia que podía sentir al entrar en la casa donde había crecido y verla vacía. Siempre se le escapaba alguna lágrima recordando los grandes momentos vividos allí junto a sus padres, y como correteaba en ese amplio jardín con sus hermanos y primos, jugando en el columpio artesanal que su padre les había hecho en un enorme cedro . Había llegado el momento de enfrentarse a esos recuerdos, pero no quería hacer este viaje solo, su inseparable nieto Alejandro le acompañaría en el que se iba a convertir en un atípico fin de semana. Era una fría mañana de Noviembre y había helado la noche anterior,  por eso Alejandro iba bien preparado con su gorro, sus guantes de colores y su bufanda de lana.
Una vez listo el equipaje,  y tras quitar la escarcha de la luna del coche, arrancaron hacia su destino. Pusieron la calefacción y pronto comenzaron a sentir un agradable calor, disfrutando en el trayecto del precioso paisaje de los campos de centeno cubiertos por el rocío. Tras varias horas al volante, ya se veían las primeras montañas con las cumbres nevadas. Alejandro estaba muy ilusionado, pues nunca había visto la nieve, y estaba con una sonrisa de oreja a oreja. Por fin llegaron al pueblo, que como siempre por esas fechas solía estar completamente blanco de las nevadas. El agua corría por los canalones situados a los extremos de sus empedradas calles, recordaba como cuando era un niño solía hacer carreras de barcos de papel con su hermano pequeño. La casa estaba situada junto a una pequeña ermita de la que colgaban restos de hielo en sus tejas y que tenía unas preciosas vidrieras azules. En la puerta de la casa había una protección de madera para evitar la entrada de la nieve a través de la puerta, Miguel metió la llave con un gran temblor en las manos ante la curiosidad de su nieto. La puerta era vieja y la pintura tenía distintas tonalidades de marrón, al abrir sonó un enorme chirrido.

martes, 6 de noviembre de 2012

La historia del cofre del viajero





La historia que voy a contaros transcurrió en un pequeño pueblo costero que tenía escasos habitantes y que estaba situado junto a una gran colina, en el cual la mayoría de sus vecinos se ganaban la vida como pescadores. Sus casas eran en su mayoría de una planta y sus fachadas de color blanco, con unos ventanales de piedra, que hacían que tuviese un gran encanto. Había un enorme y viejo faro al cual se llegaba por un puente de madera. En invierno sus calles parecían desiertas, sus tardes eran rutinarias y monótonas, cuando llegaba la noche la poca gente que quedaba en las calles se concentraba en el Bar de Fermín “El Turco” tomando un último trago antes de salir a faenar.
Sin embargo en verano había un gran contraste, parecía un pueblo completamente diferente, gracias al turismo la población se triplicaba, pues era un pueblo con una preciosa playa que acababa en un rocoso acantilado. Había un gran ambiente, y la gente que vivía en las grandes ciudades cercanas aprovechaban para pasar el verano allí en familia. Junto a la playa había un restaurante con muy buena fama que solo abría los meses de verano, estaba siempre lleno y la gente aprovechaba para tomar el pescado fresco. La dueña del restaurante tenía un hijo que se llamaba Iván.
Era un chico de 15 años, de piel algo pálida y algo bajito, tenía media melena y unos ojos azules que traían de cabeza a todas las chicas de su pandilla. Le encantaba escuchar las conversaciones de los pescadores cuando llegaban al restaurante tras una dura jornada, cada cual contaba una historia más exagerada y con las habituales bromas de ver quien había conseguido más pesca, pero eso a Iván le entretenía y  se sentaba junto a ellos como uno más,  observándolos sin perder detalle, siempre junto al pescador más veterano, que tenía un parche de pirata en su ojo derecho, tras un incidente que tuvo con un arpón hace años mientras trababa de pescar un enorme pez. Un día a mediados de Julio, como cada tarde esperaba  a que su madre saliese de trabajar, sentado en la arena de la playa leyendo un libro del Capitán Alatriste. Le encantaba disfrutar de esos momentos de calma mientras pensaba.
Estaba mirando fijamente el oleaje, cuando  de repente vio pasar a una chica a la que no había visto nunca antes.

martes, 30 de octubre de 2012

El reloj está en tus manos


Solo tú eres dueño de tu tiempo, y debes saber aprovecharlo,  no te dejes manipular por lo que quieran los demás, ni siguiendo absurdas modas que dejen en evidencia tu personalidad. Invierte tu tiempo en quienes estén dispuestos a invertir el suyo en ti. No lo pierdas inútilmente con falsas amistades que van y vienen por interés y que se marchan cuando de verdad se les necesita,  ni lo gastes egoístamente pensando en ti mismo, ponte en el lugar de los demás por muy difícil que resulte y nunca hagas a otra persona lo que no te gustaría que te hiciesen atí. No actúes de forma contraria a tus ideas y principios por querer agradar a los demás o por quedar bien ante una persona, tú eres como eres, y debes estar orgulloso de ello. Di siempre lo que pienses, aunque no sea lo que los demás quieren escuchar, pues de gente movida por la conveniencia de cada momento está lleno el mundo.  No  gastes un solo segundo en una persona que es insignificante en tu vida y que intenta hacerte daño movido por la envidia y su frustración propia. Vive cada momento como si fuera el último, no pienses en lo que pueda pasar mañana. No discutas ni te preocupes por problemas insignificantes, ni sufras por ese materialismo que en muchos momentos nos domina, deja marchar tu odio, pues lo único que conseguirás es que te consuma. Aprovecha cada milésima de tiempo disfrutando de cada momento con los tuyos, que son los que siempre van a estar ahí contigo, en los buenos momentos, pero sobre todo cuando más los necesites, en los momentos duros y complicados, será ahí donde levantes tu vista y veas quienes forman realmente parte de tu vida y quienes han sido un mero entretenimiento.

miércoles, 24 de octubre de 2012

"Una historia de superación" (Pulso a la vida)


Harto de la monotonía del día a día y sin pensarlo dos veces me dispuse a realizar un viaje improvisado a Buenos Aires , donde vivía desde hacía unos meses mi gran amigo Carlos, que se había trasladado allí por motivos de trabajo, y que me había insistido muchas veces en que fuera a visitarlo, prometiendo recibirme con un buen asado, y poniéndome al día de sus anécdotas e impresiones de los primeros meses de su estancia allí, mientras me enseñaba  la ciudad. Así de paso podría vivir un partido en el mítico Cilindro de Avellaneda, cosa que me empujó más aún a emprender mi particular viaje.
Tras varias horas de espera en la terminal del aeropuerto, por fin dieron la señal para que los pasajeros fueran embarcando.
 Era un día soleado aunque hacía un poco de viento , y yo tenía mi asiento junto a la ventana en el avión, me gustaba poder observar las impresionantes vistas y me relajaba. La noche anterior no había descansado bien, me puse los auriculares, sonaba la canción Estadio Azteca de Andrés Calamaro de fondo,  y decidí echar una cabezada utilizando mi sudadera de almohada, apoyándola sobre el cristal.
Cuando desperté, miré mi reloj, habían pasado dos horas, aún quedaban varias más de trayecto. Levanté la cabeza y vi como el señor que estaba a mi lado me miró sonriente ofreciéndome una  Paulaner que sacó de su bolsa de mano. Agradecido acepté y comenzamos una conversación mientras tomábamos unos tragos de esa deliciosa cerveza de trigo.
Su nombre era Pietro, tenía una cicatriz en la parte derecha de su rostro, los ojos verdosos, el pelo claro y algo rizado, peinado con elegancia y una barba corta de una semana, parecía joven, pero su mirada me decía que ya había vivido mucho. Se había criado en un humilde barrio de Nápoles, en una familia de nivel bajo, pero nunca le había faltado nada, y cada fin de semana les encantaba ir de campo juntos, mientras, su padre hacía una gran barbacoa, se tiraban allí todo el día y cuando anochecía  preparaban una gran hoguera, contando historias tumbados  en el césped, mirando las estrellas,  era una familia realmente unida. Pero su vida se complicó cuando con apenas dieciocho años perdió a sus padres en un terrible accidente de coche, quedó destrozando y lo único que le empujó a seguir adelante fue su hermana pequeña de ocho años, era su último rayo de esperanza al que se aferró, criándola con esfuerzo y trabajo, haciendo de padre y de madre, sacrificándose y dejando hasta su última gota de sudor por ella. Enseguida me di cuenta que era un luchador que había superado cada prueba que le había puesto la vida, cuando lo más fácil hubiera sido rendirse y darlo todo por perdido.

domingo, 21 de octubre de 2012

"Días de barro" (El fútbol en la niñez)



No hay nada más bonito como ver la cara de ilusión de un niño. Cuando tienes esa edad mágica en la que no tienes problemas ni responsabilidades, disfrutas por cualquier pequeño detalle y no vives pensando en el mañana, sino en el presente, sueñas despierto y no conoces la maldad que rodea este mundo movido por los intereses propios. Uno de los motivos que hacían ilusionarme cuando era un niño era jugar al futbol con mis amigos. No era solo un deporte, era estar haciendo algo que me encantaba junto a personas con las que había compartido muchos momentos y con las que había crecido y vivido mil historias. Se vienen a mi cabeza esas tardes de entrenamiento en las que aún no podíamos disfrutar de los campos de césped actuales, jugábamos en un campo de tierra, en muchas ocasiones encharcado por el agua de las frías lluvias que hacían que llegases a casa con las botas llenas de barro y los calcetines empapados, pero creo que la ilusión era mucho mayor que la que viven los chicos de hoy, peleábamos cada balón pasando por encima de los charcos que fueran necesarios sin importarnos otra cosa que salir adelante con la pelota, si caíamos encima y nos quedábamos calados poco nos importaba, si hacía mucho frío entrenábamos con guantes y gorro, he de decir que era algo con lo que me encantaba. Pero lo que más me gustaba era llegar a casa y ver que ya me tenía mi madre listo un baño de agua caliente y un colacao preparado para ir entrando en calor, benditas madres. En las noches previas a los partidos, era imposible conciliar el sueño de los nervios que tenía, imaginando mil jugadas y situaciones de lo que podía ser el partido del día siguiente.

martes, 16 de octubre de 2012

Una historia de amistad


 Parecía un día más de ese caluroso Agosto de 1998, yo hacía tiempo en el patio de mi casa pegando a la pelota contra la pared mientras tomaba un sándwich helado, mi padre salió malhumorado y dando voces a reñirme, había estropeado su habitual siesta como de costumbre, no puedo reproducir literalmente donde me mandó, pero con más miedo que vergüenza decidí ir a dar una vuelta al desván que se sitúa en la planta superior de mi casa, era una habitación con alguna que otra telaraña, el polvo recubría una vieja bicicleta, una caja llena puzles, un pequeño camión que me había regalado mi abuelo y otros juguetes de hacía años que habían quedado en desuso, me llamó la atención una caja que contenía varios libros, uno de ellos con una pasta casera y más antigüedad que el resto, se trataba de un diario de aventuras, escrito a mano, pero que misteriosamente no tenía firma alguna. Yo con curiosidad me dispuse a leerlo, se trataba de un diario de dos amigos, y narraban sus apasionantes aventuras vividas juntos, el comienzo de su amistad en el patio del colegio, los bocadillos compartidos durante años en el recreo, sus tardes en la plaza del pueblo jugando al fútbol  los balones encajados en los balcones de los vecinos y pinchados para que no siguiesen molestando con la pelota, sus tardes de paseo en bicicleta, llegando a casa con la ropa negra y los pantalones rotos con las rodillas llenas de heridas, la cabaña de madera que construyeron juntos en el campo de uno de los amigos y donde guardaban una caja con sus objetos personales: una peonza, unos cromos de la liga 1968/1969, una foto en blanco y negro de las chicas que les habían gustado a lo largo de los años, un trébol de cuatro hojas, unas viejas chapas y algunas monedas que habían ahorrado para un viaje que prometieron hacer juntos algún día. Por las tardes de verano iban juntos al río del pueblo donde les encantaba pasarse la tarde metidos en el agua, tenían una colección de piedras con colores y formas extrañas que habían conseguido coger a lo largo de los años. Otra de las historias contaba como el matón de la pandilla quiso pegar a uno de los dos protagonistas, y como el otro amigo se metió por medio del abusón a pesar de que este le sacaba una cabeza, el resultado fue como se esperaba, recibieron golpes ambos, uno sangrando por la nariz y el otro con un gran coscorrón en la cabeza y un moratón en el brazo, pero cuentan como reían a carcajadas viéndose el uno al otro doloridos pero comprobando como habían defendido el uno del otro como de costumbre, sin importarles las consecuencias y orgullosos.